La
propia naturaleza del ser humano genera una actitud ante la vida eminentemente conservadora y celosa de todo
cambio que pueda significar un giro en el modelo actual, habitual o circunstancial de su vida, es decir una incertidumbre; no obstante, en los
últimos siglos ha habido un considerable cambio en esa actitud en la posición y visión de las personas ante
determinados hechos que han llevado a una eclosión de la autodeterminación y la
capacidad emocional para afrontar todo tipo de cambios que por la propia configuración
del mundo toda persona debe experimentar en mayor o menor medida a lo largo de
su vida. Este cambio va muy ligado a la capacidad de adaptación y a la llamada
inteligencia emocional que tan de moda está hoy en día.
El
miedo, como emoción ligada al ser humano ante la incertidumbre del cambio
impregna considerablemente a la vez que condiciona inevitablemente la fase de
transición de una etapa a otra de su vida, más aun cuando esa etapa se produce
ante circunstancias imprevisibles, repentinas e inevitables (ej, muerte de ser
querido) o se da en momentos de inseguridad consustancial a una determinada
edad (ej, adolescencia). Es por tanto necesario y esencial que todos estemos
preparados ante la posible aparición de alguna circunstancia en nuestro ciclo
vital que nos arrastre al cambio. Pero, ¿Es posible adaptarse a un cambio
importante en nuestra vida sin sufrir un desequilibrio emocional?, la respuesta
parece apuntar que sí; para afrontar determinados cambios o variaciones en
nuestro día a día es necesario haber logrado un conjunto de aptitudes y
actitudes que en buena medida nos deben venir dadas por una buena educación
emocional. La educación emocional, muy ligada a la referida supra inteligencia emocional abarca
mucho más terreno que ésta, para referirse a un conjunto de competencias
ligadas a los sentimientos y emociones que forman parte de la capacidad emocional de todo ser humano,
y que se aparta considerablemente de
aquella simple capacidad cognoscitiva que todos aprendemos en los primeros años
de nuestra vida y que se ciñe solo al tema del saber. La educación emocional
como conjunto de herramientas que posee el individuo, se debe convertir en el
mejor aliado para luchar contra el miedo que a veces produce enfrentarse a
determinados retos y objetivos en nuestra vida diaria.
El
miedo no debe ser concebido desde una perspectiva negativa o dañina, todo lo
contrario, el ser humano debe comprender y aprender a convivir con el miedo,
pues es un elemento natural en nuestra génesis emocional humana, el miedo es necesario
y en muchas ocasiones un condicionante primordial que evita llegar a
situaciones que puedan poner en riesgo nuestra vida o integridad física. Por
tanto, el miedo como elemento intrínseco de toda naturaleza humana debe ser
contemplado desde una óptica positiva y debe ser una herramienta a la hora de
contemplar y analizar nuestro papel ante
una determinada variación en nuestra rutina diaria. Por citar un ejemplo, la
depresión de una madre o de un padre ante la pérdida de un hijo puede suponer
la paralización del tiempo y el enquistamiento ante la superación de un cambio
inevitable en la vida de una persona que le provoca miedo a enfrentarse ante
la ausencia de una persona vital e
insustituible en sus vidas, ante esta vicisitud caben dos opciones: la
superación de este miedo al cambio que produce sufrimiento continuo a través de
la aceptación y adaptación al cambio, o la desintegración emocional de la
persona y la caída en una profunda crisis personal que significa toda
depresión.
Parece
que la primera opción es la ideal, tener los recursos emocionales necesarios y
ser capaz de enfrentarse a un determinado cambio es vital para poder alcanzar
un equilibrio personal y poder ser feliz; debemos tener en cuenta que toda
persona en el curso de su vida tendrá inevitablemente que afrontar pasajes
dolorosos y traumáticos que engendran un miedo congénito al hecho de seguir
adelante con nuestra vida, ese episodio que anexiona el miedo debe ser
afrontado desde una óptica positiva de valentía emocional y optimismo vital. Es
importante enseñar desde muy temprana
edad a los niños y jóvenes a tener una rica y amplia educación emocional para
que puedan recuperarse de todas aquellas adversidades que pueda depararnos la
vida y salir de ellas reforzados en lo personal y en lo emocional.
En
el plano de la mediación, es vital en todo proceso el papel del Mediador en la
concienciación de las partes de todo lo hablado hasta ahora, es importante que
las partes comprendan y acepten que hay
determinados elementos en la vida de un ser humano que son indisponibles e
imposibles de prever, y que el miedo a la superación y adaptación a ese cambio
constituye una oposición antinatural al hecho de existir. En algunas ocasiones,
seguramente sea necesaria la inmolación de todo el conflicto intrínseco que
provoca el miedo o rechazo a la idea de continuar con nuestra nueva situación,
para que las partes desahoguen y expresen todo aquello que guardan en el interior.
El profesional debe ser capaz de lograr, a través de la escucha activa, la
sensibilización, el reconocimiento y la comprensión, que los mediados “pasen
página”, sellen y acepten ese cambio que produce un determinado hecho y que
debe ser contemplado como una experiencia más en la idea del existir, que
aunque sea negativa, debe ser interpretada como una ocasión ideal para la auto
superación, el autoconomiento y la potenciación de esa capacidad emocional que
debe dotar a la persona de las herramientas necesarias para poder adaptarse a
cualquier escollo que pueda presentarse en el ciclo vital humano y que es
primordial para alcanzar la ansiada felicidad en nuestras vidas. Para concluir
y poner punto final a la reflexión realizada, citar un proverbio chino que recoge
en síntesis el sentido de lo argumentado “No
tengas miedo de los cambios lentos, sólo ten miedo de permanecer inmóvil”.
Jesús Martín Rosa.
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